3 years, 2 months, 14 days and 16 hours

El cielo que cubre a Yuriy no es de Juliette para ver. La lluvia, los relámpagos y las estrellas son distintos a los suyos. Ninguno es de sus ojos, no lo serán nunca, pero a Juliette no le hacen falta porque lleva fuego por dentro que es sólo de ella; está calentándole el alma y consumiéndole las nostalgias. Una por una las convierte en cenizas; y sucederá que una noche con un cielo propio y estrellas más brillantes, no habrá más nada, sólo cenizas, suficientes cenizas: Juliette volverá a ser fénix.

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Viento

La madrugada fue apagando mis recuerdos.

J. Rulfo

¿Qué es eso que tienen las noches inquietas y que nos llenan de calma? Juliette no sabe si Yuriy duerme, no sabe si está en casa, no sabe si está cerca o si están compartiendo una dimensión, pero algo le hace creer que él también escucha al viento en ese instante. Es como si cada corriente llevara más bien agua de un mar lejano, de un mar que a Juliette no le gusta más que para escucharlo hasta que se le calmen las ideas.

– Llévame al mar un día ¿quieres? – le dijo hace tiempo con un suspiro -. Arréglame la infancia y tapízame de protección y de sueños sólo míos. Desbarátame. Desmenúzame el alma con cuidado pero sin miedo, tomándote la eternidad si tú quieres, hasta dejarme libre de esas espinitas que llevo enterradas bien profundas y que ya me duelen sin dolerme.

– ¿Y si no te duelen, para qué quieres que te las quite? – se burló Yuriy con desgana.

– Porque no soporto que te astillen cada vez que me abrazas.

Fue la última vez que conversaron. Al otro día Juliette partió a la mina sin llevar nada consigo, ni siquiera una muda, ni siquiera una despedida, porque pareciera que en su vida no hay sitio más que para la distancia y para los años. Sin embargo, en noches como esta, en noches donde nada merece la pena, salvo el viento, ella quisiera llamarlo para despedirse. Para decirle que se siente feliz de que el viento no desista. Que espera a oscuras que choque fuertemente contra su ventana y se infiltre de a poquitos, como si quisiera despertarla apenas lo suficiente para volver a dormirla con su arrullo. Pero Juliette tiene miedo de que Yuriy le diga otra vez, como con fastidio, como con desaire; que no ha cambiado nada por hablarle del viento y del mar y de su infancia y del planeta. Ella, en cambio, no quisiera que Yuriy dejara de ser quien es; y apretando los ojos repite entre dientes “¡ojalá no lo hagas nunca! Y seas fuerte, libre y sin miedo como lo es el viento. Y te escabullas por mi ventana un día. Y me arrulles hasta dejarme la memoria tranquila.”

Last Days.

Soy. El pequeño sabor que nos dejó el fin de semana en la boca. La ciencia. Los años. El día en que me dijiste que mejor besara a otra. Una llama apagándose debajo de la lluvia. La calma después del ácido. El dolor de todo lo que hemos perdido. Una mañana. Una tarde. El día en que vomitamos nuestro destino. […] Estamos en un fin de semana cualquiera. Con la noche rompiendo olas en tu conciencia. Y la ciencia. Los años. El día en que me dijiste que no podíamos amarnos. Fuimos adultos. Juguetes. Un chiste viejo que terminó en insulto. Para vivir del cielo. Las risas. La vida caminando en forma de desdicha.

– A. López, Estrobos.

Lo recuerda usando una camisa azul marino, con una chica barata sentada en sus piernas, viéndola entrar a la habitación y desapareciendo al mundo, poseyéndola desde el primer segundo, convirtiéndola en éter siendo él fuego. Qué mundo inútil aquel en el que se encontraba sumergida. Sin Robertos. Sin deseos. Sin cuentos en la madrugada. Sin sexo en un hotel con las ventanas abiertas. Sin disociación. Sin delirio. Sin desesperación. Sin descontrol. Sin cumplidos médicos por la claridad de las escleras. Sin sangre en las sábanas. Sin protección. Sin crueldad. Sin trucos de magia. Sin besos en las piernas.

Lo recuerda mientras escucha por vigésima vez la misma canción, queriendo dar la vida, for what it’s worth, con tal de escucharla una sola vez más pero a su lado. Recuerda ese mundo de mentira, de papel, de responsabilidad, de planes, de estructura, de calma; y es ajeno. Ajeno a la ansiedad, al deseo, a la necesidad, al sueño, al fuego. Ajeno a sus manos jalando su cabello.

Lágrimas al interludio. Llanto por el resto que aburre; y es que el resto no duele, el resto no importa. Lo que duele es él en los labios de otras.

Lo recuerda usando una camisa blanca, quitándole las medias, poniéndola contra la pared al subir la escalera, dándole un beso que ella esperó toda la vida para recibir, acariciándole las piernas. Y ya no quiere respirar, ya no quiere llorar, ya no puede sentir. No volverá a sentir, porque él ya no existe. Y entonces ella tampoco existe. Existirá Juliette y existirá el tiempo, como existe la guerra y como existe el silencio.

 

Capítulo III: Candy Says

Come see what we all talk about
People moving to the moon
Stop baby don’t go stop here
Never stop living here
Till it eats the heart from your soul

– BDB

Nació en verano, pero existió por primera vez al final del otoño, y está convencida de que así es como tenía que ser. Existió cuando desapareció todo cuanto pretendía definirla y su cuerpo permaneció (existiendo) tendido en una cama que se encontraba a años luz de eso a lo que cualquiera llama mente. Existe, además, porque se dio cuenta de que morir no sólo es posible, sino que también es probable. Existe y siente que ha nacido una vez, pero ha “casi muerto” muchas.

Comprende al pánico como un opuesto del orgasmo, y a la ansiedad como la insoportable duda que precede a una muerte que ni siquiera tiene la atención de llegar. A veces lo atribuye todo al descontrol, como anoche, cuando abrió la puerta de su habitación dos horas más tarde de lo planeado porque a un alma sin remedio se le ocurrió saltar a las vías, terminando así con su camino y cambiando el horario de los trenes. Habló con él dando por hecho que se trataba de un hombre, y le contó que su nombre se escribe con c de contradicción, porque a pesar de haberlo palpado, no concibe la existencia de algo tan cruel que la vida se torne más insoportable que la idea de su ausencia.

No suele pensar en la dificultad de las cosas hasta que las ha logrado y constantemente se cuestiona si algo puede ser suficientemente bueno sin ser perfecto; cae entonces en el tiempo. Es así como Candy conoció a Juliette, en esta inútil y eterna resistencia al tiempo. ¿Juliette charlará con el tiempo tan seguido como ella? No lo sabe, pero sabe que, aún cuando no le habla, lo piensa siempre. Piensa al tiempo siendo el tiempo: tan poquito, tan necio, tan cruelmente insuficiente y tan perfectamente sabio.

Anhedonia

¿Por qué me dio tanta pena pedirte que besaras mi cuello antes de llegar a mi boca? Susurrarte al oído que tus labios son para mi cuello tan esenciales como el viento para las aves. Tal vez por eso no respondí cuando preguntaste qué quería que hicieras conmigo, y mejor te dije que todo; porque no sé qué hacer con tanta libertad cuando me la otorgas, y confundo al placer con la locura y al instinto con la ambición. Y es que cuando no existen barreras absurdas como el tiempo, como el espacio, o como las prendas; me convenzo de que jamás podré tener suficiente de este tú y este yo que por minutos se fusiona en un nosotros; y nada más existe, y nada más importa. Me estremece el recuerdo. Quiero tomarte en mi boca y que te asfixies de deseo. Mirarte, sentirte, probarte. Después de todo, si nuestros cuerpos son templos y no hoteles de paso, ¿qué tendría de malo permanecer orando hasta que se acabe el mundo? Con esos rezos tuyos armonizando con los míos.

Caramel

Where is the magic?
I’ve gotta get better
Oh lord, give me magic
I’ll love you forever

– Blur

No se puede romper a quien ya está roto. A quien está roto desde hace años. Pero es de esperarse que los fragmentos de ese “quien” sean potencialmente dañables, y en algunos casos; en su caso, dañinos.

– ¡Fue mi culpa! Yo fui el que rompió tu burbuja, perdóname.

– ¿Por qué lo hiciste?

– Quería salvarte.

Son dañinos cuando al sufrimiento mismo le resulta insoportable habitar más a quien le padece, lo invade entonces la desesperación y en la pérdida de la cordura, olvida que tiene límites. Es cuando decide desbordarse y se aleja sin mirar atrás, marchándose para nunca volver a ser visto.

– ¿Me perdonas?

– ¿No lo hago siempre?

Son dañables cuando se pierde la resignación de que las cosas empeorarán con el tiempo. Y es que aunque hablar de resignación sea hablar de un espíritu entumecido, al menos también se habla de un espíritu a salvo. Sin embargo habrá siempre refugios que no dañarán nunca y sanarán siempre; como la música, como los libros, como el frío, como la lluvia, como los brazos de mamá cuando ofrecen paz, como la risa de papá cuando es feliz, como la compañía de quien siempre estaba cuando vivía.

– Te odio porque no estás aquí.

Si esa resignación es desplazada por la esperanza, lo que sigue puede calificarse sólo de impredecible: ser lo mejor o lo peor, el bien o el mal, el cielo o el infierno (whatever and wherever the fuck those places are); porque llega algo por lo que vale la pena salir del refugio, exponerse, y subir y subir y subir y subir sin pensar en que sería buena idea dirigir la mirada hacia abajo; e idealizar, y desear, y anhelar, y amar, y querer tanto y tantas cosas, querer hacerlo todo bien, querer cambiarlo todo, querer tenerlo todo para brindarlo al objeto de inspiración, a la persona más bonita del mundo; aunque darlo todo sea un irremediable perder. Vivir para siempre en cifras negativas por haber desafiado a la lógica y dar también aquello que no se tiene; sin pensar, sin temer, porque con la resignación se va el miedo, y con el miedo se va la protección, y sin la protección…

Capítulo II: Puzzle

need you dream you find you taste you fuck you use you scar you break you

– Nine Inch Nails

Roberto fue una vez niño, y cuando lo era, le gustaba jugar con fichas de dominó, colocar cada una sobre su base, separadas equitativamente, trazar caminos y observar lo que pasaba al derribar la primera contra el resto. Creció, se convirtió en hombre. Ya no había fichas de dominó, ahora había libros, ciencia y música. El tiempo había traído consigo cosas que a veces parecían demasiadas. Se encontraba tan tranquilo que la aventura peligraba; fue entonces cuando se dio cuenta del rompecabezas a medio armar que yacía sobre el piso; parecía inmenso, abandonado por la pereza de quien lo había empezado. Roberto sonrió. Se quitó los zapatos, se sentó en el suelo y empezó a unir las piezas con una destreza que nadie presenció.

El tiempo pasó de manera fugaz. Empezaba a oscurecer, sus pies estaban fríos y la sonrisa se había desvanecido de sus labios. Entre pulgar e índice sostenía la última pieza, observó su ausencia en el rompecabezas, que, a pesar de estar casi terminado, parecía carecer de sentido: colores y formas chocaban entre sí como un caos en armonía. Roberto suspiró, se sentía decepcionado, alcanzó la caja del rompecabezas que se encontraba bajo una silla, arrojó dentro de ella la última pieza, desarmó todo en lo que pareció durar un solo segundo, y lo metió en la caja. Tras cerrarla, se puso de pie y caminó a su habitación.

Acostado sobre la cama miraba hacia el techo, no pensaba más en el rompecabezas. Esperaría al otro día para adquirir un nuevo dominó.