Ojos Quietos

I loved her simply because I found her irresistible. Once for all; I knew to my sorrow, often and often, if not always, that I loved her against reason, against promise, against peace, against hope, against happiness, against all discouragement that could be. Once for all; I loved her none the less because I knew it, and it had no more influence in restraining me, than if I had devoutly believed her to be human perfection.

– C. Dickens

Aquel pueblo estaba maldito: tenía algo que la mareaba, le daba náuseas, la aburría, la enfermaba; sin embargo era la única oportunidad que se presentaría ese año, la única para verse. El frío era siempre un problema, pero esa madrugada era simplemente insoportable, insoportable al punto de tener que soltar su mano para correr al baño y vomitar; ¿qué tan normal es vomitar a causa del frío? Lo normal hubiera sido verlo al abrir la puerta del baño, preguntando si se encontraba bien o si quería regresar a casa, pero no fue así, era ella quien la esperaba.

Vomitar siempre le daba miedo, asco, qué asco tener que subir sola a la habitación para buscar el cepillo dental y robar diez pastillas de menta, qué asco haber consumido aquel brebaje cuya intención era siempre la misma. Tal vez por eso le agradaba tanto su rechazo al alcohol, y le agradaba también que esa noche aceptara en un impulso lastimoso cualquier coctel de colores llamativos que le ofrecieran.

Él nunca regresó, pero ella estuvo ahí todo el tiempo, a su lado, viéndola con los ojos quietos, llenos de palabras reprimidas. Despertó un par de horas después, ya sin sentir que las piernas iban a traicionarla en cualquier momento, sin sentir que tenía que correr al baño otra vez, sin sentir la ausencia del peor de sus errores. Quiso seguir alguna regla de esas absurdas que a él le entretenían, quiso enojarse porque no la había cuidado, quiso reclamar algo, pero entonces se dio cuenta de que no le importaba ni un poco, no importaba nada. Ella estaba ahí y prefería escuchar cada palabra que saliera de su boca, cualquier cosa que permitiera a la verdad asomarse; verla viéndola, verla sonreírle, verla burlándose del resto, verla a punto de tener una crisis nerviosa por estar en aquel lugar. Ella, en quien había pensado todos los días desde hacía meses sin darse cuenta, era toda confusión, toda trastornos, toda incoherencias, y toda contradicciones.

– Llévame contigo, necesito buscar mi bufanda.

– No, quédate, te sientes mal.

– Quiero regresar para buscar mi bufanda…-dijo molesta-, y para estar contigo…- mintió.

– Quédate.

Cerró la puerta antes de que pudiera recordarle sobre la prenda que debía encontrar, antes de que pudiera subir al cuarto y meterse a la cama.

Tras conversaciones carentes de sonido, decidió dejarla e intentar dormir. Minutos después, no supo cuántos, despertó al sentir que alguien jalaba las cobijas, pensó que era él y estuvo a punto de fingir un grito que despertara a todos y lo obligara a salir de la habitación; fue entonces cuando se acercó lo suficiente para distinguir que no era él, y le sonrió. No dijo mucho, se acercó sólo para alejarse inmediatamente, desear buenas noches, e irse. Los sueños decidieron no regresar esa noche, había demasiada realidad en el aire.

Escuchaba música con los ojos cerrados, escuchaba y soñaba sin dormir, flotaba en algún sitio del que no quería marcharse, cuando llegó él para lanzarse sobre ella con un beso sucio, desagradable, nauseabundo, desorganizado y repulsivo, un beso que la obligó a levantarse, sacarlo a empujones, y comer dulces por el resto de la noche, un beso que al otro día, en la carretera de vuelta a casa, perturbó la claridad de sus pensamientos. Pero, con todo, aún insuficiente para no darse cuenta que desde ese momento, ella sería todas sus ideas, todos sus miedos, todos sus pensamientos, todos sus anhelos, toda todo, todo siempre.

– ¡Espera, mi bufanda!

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